martes, 29 de mayo de 2012

La niña de la remera a rayas



Sologuren Lahoz me envía una foto de su infancia y un texto conmovedor: 

"
Sin yo quererlo, la maternidad me ha devuelto mi propia infancia.

Y hablar de mi infancia es recordar la figura seria y rígida de mi padre. Es volver a escuchar su voz fuerte,  volver a encogerme como cuando oía su  llave en la cerradura…
Mi padre perdió a su padre al inicio de la Guerra Civil española. Su madre, una extraña mujer, repartió a sus hijos varones y se quedó con la niña. Al pequeño lo dejó en la inclusa. Al mayor, mi padre, lo envió al caserío familiar, perdido entre montes, que estaba en primera línea del frente de guerra. Mi padre pasó hambre -robaba la comida que se le daba al ganado para alimentarse-, pasó frio, se hacía zapatos con trozos de goma y cartón que encontraba. Vivió la guerra con sus cadáveres y su cortejo de miserias.
Mi padre nunca ha dejado de ser aquel niño que cuidaba vacas en los prados, aterido de miedo y soledad. No fue a la escuela y aprendió a leer con trozos de periódicos que encontraba entre las vías.
Mi hija, una niña abandona en China, me ha dado la mano y me ha conducido a mi niñez, y mi niñez me ha llevado hacia la infancia de otro niño abandonado, mi padre. Extraño círculo.
En la fotografía estoy con mis primas, soy la de la camiseta de rayas y estamos en la huerta de la casa donde vivíamos."

domingo, 27 de mayo de 2012

El gigante, por Irma Elena Marc



“¡Usted se alimenta de muertos!

Gustave Flaubert 


Ella hace de la infancia su único alimento,
sin ceremonias, sin sentido,
el cuerpo es un pan coagulado,
es difícil que allí vuelva a fluir sangre verdadera
(el muerto es el alimento).
En sus ojos se enciende el espectáculo, y dice:
No dan ganas de jugar aquí,
sólo de estar sentada en esta silla con las piernas colgando,
¿Quiénes la dejaron sola? ¿Dónde están las otras?
Está sola como yo. Es raro, no está rota para estar acá,
¿las nenas son sillas abandonadas en una habitación?
Me gusta como baila el aire en los rayos de sol
que entran por la ventana,
hay cositas que flotan, no tienen piernas,
no tocan el piso, son nenas hermosas con vestidos de plumetí.
Soy una nena hermosa con un vestido de plumetí,
sentada en una gran silla , las piernas no tocan el piso,
la cabeza no llega al techo.
Si estuviera rota, el plumetí tendría motitas color ciruela .
Las lucecitas que bailan también son nenas vestidas
de plumetí. No tocan el techo. No llegan al piso,
bailan en el aire espumoso,
meto los dedos en las nenitas hermosas que están solas y bailan,
se vuelven locas, bailan más rápido, cambian de baile. Canto.
Bailan. Grito. Rozo el aire. Concierto de cuerpos, la lágrima que cae
es un arpa de luz, muevo los dedos, me cubro de brillantes.
Me gustan tanto los amarillos, son como los ojos de mi papá,
son papá sin ojos. Los ojos se escaparon. Se pusieron a bailar
para mí. No les tengo miedo, les tengo lástima, no tienen cara.
La cara de mi papá andará buscando los ojos, los tengo yo
en la palma de la mano, los escondo, los dejo escapar, se van.
Mi padre se quedó sin ojos. Puedo hacer lo que quiero.
Esa planta se llama hiedra. Crece,
crece. Sube por las piernas hasta el cielo.
No entiendo, de una planta chiquita, como yo
crece una cosa enorme, larga, que te lleva a la casa de un gigante.
¿Es esta la casa de un gigante?
El espejo tiene tres nenas. Somos Ricitos de Noche,
venimos de abajo, del mundo,
me cansé de estar ocultándome, vengo a ver la casa del gigante.
En esta casa hay un solo gigante, por eso hay una sola silla de gigante.
¿Dónde andará el Gigante?
Trepé por la hiedra de la planta de las habichuelas para entrar
a la casa del Gigante, las puertas son para el Gigante,
para que entre y salga cuando quiera, para que se vaya dando un portazo.
¿Si la hiedra rompe el vidrio de la ventana me envolverá?
Cuando la hiedra envuelva la casa será de noche.
Las manchas de la luna son hojas de hiedra que la van comiendo.
Todo es oscuro cuando devora la hiedra.
La hiedra es un gigante. No te das cuenta porque las hojas
son insignificantes, mirás las hojas de a una y parecen cositas
cosidas a la pared.
¿Cómo de un poroto puede crecer un Gigante?
¿Por qué? ¿Para qué? Para comerte mejor.
Si me muevo rápido con las cositas que bailan en la luz
el Gigante hiedra no podrá tragarme.
(El espectáculo que se repite, y es seductor, y atadura, y muerte,
la mano que se tiende como un brillo añadido a su belleza.
Es difícil que allí pueda volver a fluir sangre verdadera,
imposible avanzar hacia ninguna parte).


del libro El Gigante, Editorial Ruinas Circulares-2007.


Comentario de Irma a la foto que acompaña a esta entrada: "La niña-velador, soy yo a la edad de 3 añitos. Esta foto dio origen al poema El Gigante, que luego diera nombre a uno de mis libros de poesía. Ríanse, así nos disfrazaban a las niñitas de mediados del siglo pasado".


Irma Elena Marc, Argentina, 1951.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Poema de la niñez, por Roberto Raschella


(Fragmento)

Estamos por igual heridos,
en el corazón,
y un absurdo duelo,
un trabajo turbio nos inflama:

pequeñas herejías bajan lejanas
y los juglares más enloquecidos
provocan la lenta metamorfosis de las lenguas, 
los libros sobre cristales vivos y peces lastimados,
los libros de sombras florecidas,
libros deshechos

-y los múltiples nombres de la furia
se multiplican buscando sus propias redes-.

No te quites la máscara, niño.

Golpea, toca
las paredes amarillas.
Ríos de témpera que estallan,
cartografías medievales,
llaves luminosas de prados
ya lampantes,
los buenos sueños,
las ruidosas trompetas
de las fábricas,
los tréboles de conquista arcaica,
la fragancia de la carne
que se amala
en las cocinas,
la joyante carga
de los últimos campesinos,
el rico príncipe
besando los velos blancos
de la princesa de hielo.

Golpea aquella esclavitud
que a nosotros nos hizo
moradores insanos de las casas paternas:
y teníamos dureza,
la estupenda dureza de las comuniones: 
himnos disipados caían de altos
cielorrasos, negros: era la primavera
un amable engaño, cuando errábamos
como pueblos hacia el destierro
(Oh, aquel amigo que se comparaba
a un Garrick vulgar).

Pero no tomes mis gestos:
mi fiebre no es siquiera una respuesta.
Y sólo tengo un llanto
que no debes comprender
-que no quiero que comprendas-.
No tengo respuesta para ti.
No.
Sólo mi raro júbilo por el error
que cometemos juntos,
el inocente error.
Sólo la profunda sábana
que nos cubre hace tiempo,
sólo colores de masacre
exaltados por el ensayo del Hombre.


De su libro Poemas del Exterminio.
Foto: Pierre Verger

Roberto Raschella. Argentina. 1930.

lunes, 21 de mayo de 2012

viernes, 18 de mayo de 2012

"Mi madre era una estrella de la vida", por Jacques Prevert

Pierre, Jacques y Jean junto a su madre Suzanne, Luxemburgo 1908
A veces, en el Bois, un ciervo cruzaba un sendero. Por todas partes había gente comiendo, bebiendo, tomando café. Un borracho se paseaba gritando: «¡Deprisa! Comed sobre la hierba. ¡Un día de éstos, la hierba comerá sobre vosotros!» 
El tranvía de Val d'Or, a todo vapor, silbaba a lo largo de los árboles, como los trenes en la historias de Indias. El día no había acabado aún, pero ya la Porte Maillot llameaba, celebrando la fiesta del crepúsculo. 
Había ciclistas y muchísimas bicicletas, por todos lados bicicletas, más bicicletas y coches con caballos. 
Olía a caucho, y Bibendum reinaba ya en el Salón del Automóvil. En el café Sports, los camareros, corriendo, colocaban dos pajas doradas en la granadina de los niños. 
Olía a pernod, a estiércol de pájaros. Los árboles sonreían y se agitaban; nada aún los amenazaba, en efecto. 
Había gente tocando música, cantando, festejando, bromeando, y otros que, en voz baja, se afanaban junto a los mostradores. Estaban bajo el hechizo de la fiesta, y se diría que sus ofensas, sus tristes desgracias, las cantaban, las gorjeaban, sin darse cuenta. Pasaban mendigos, vendedores de olivas, músicos ambulantes, y un pobre viejo armaba y colocaba sobre las mesas juguetes mecánicos. 

(...) Neuilly, para mí, era la fiesta, y una vez terminada ésta, la gran avenida era un verdadero desierto, salvo cuando la gente del mercado, con sus zancos de madera, instalaba las tiendas como la gente del circo. 
Pero había otras fiestas, en la puerta Maillot. Un día era Marruecos en París, un pueblo con indígenas de ojos brillantes, artesanos, joyeros, encantadores de serpientes, una madre dromedaria con sus pequeños, y niños negros que se sumergían en una fuente para buscar reales. 
Otro día, un pueblo de enanos con casas de enanos, una escuela de enanos y una pequeña iglesia de enanos. O el looping the loop: la gente montaba en un vagón que descendía velozmente, giraba al revés en una rueda, disminuía la velocidad, se detenía y dejaba salir a los viajeros que gritaban. 
Y después Printania, un gran café concierto al aire libre. Allí se bebía aguardiente con cervezas, y, cuando la noche era hermosa, el techo del teatro desaparecía, las estrellas también podían mirar el espectáculo. 
Había payasos, vestidos de pasteleros, que jugaban con toda la tienda, cantantes solas sobre el escenario, frente a los espectadores que, bebiendo de sus vasos, las acompañaban cantando a coro. 

(...) En un pequeño ferrocarril solíamos ir, también, al Jardín de Aclimatación. Las fieras estaban encerradas detrás de las rejas y no tenían un aspecto muy feliz, pero disfrutaban de un poco más de lugar que los de la Ménagerie Pezon.
Yo montaba sobre el elefante, daba una vuelta, esto no parecía molestarle demasiado, aunque fuéramos varios, no pesábamos mucho. Pero lo que me gustaba por encima de todo eran los invernaderos. Allí se estaba bien, como bajo el agua de tormenta, era inmenso, completamente de vidrio, con un olor a selva virgen, como en los libros de viajes.
Las plantas eran grandes como árboles y sobre el agua flotaban los nenúfares, grandes como pequeñas embarcaciones. En los invernaderos reinaba siempre el silencio, aun cuando estuvieran llenos de gente. Delante de los animales, la gente hablaba muy fuerte, especialmente delante de los monos. Pero delante de las plantas se callaban, como en las iglesias, y era en voz baja que leían los nombres escritos en latín, en pequeños carteles. Todo era verde, incluso el calor, y la gente no estaba acostumbrada a eso.
Tanto si brillaba el sol como si caían las hojas, o la nieve, mi madre nos llevaba al Bois. A mí me gustaba mucho el Bois, pero prefería las orillas del Sena, donde mi padre a veces me llevaba.
(...) Mi hermano era el primogénito -dos años mayor que yo-, bien parecido, serio, y ya iba a la escuela. Sabía leer y escribir. Yo no tenía deseos de aprender esas cosas. Yo lo quería porque era mi hermano. No reíamos nunca por los mismos motivos, o quizá nunca al mismo tiempo.
Fue mi madre quien me enseñó a leer, porque era necesario pasar por ello. Lo hizo con un alfabeto, naturalmente, pero especialmente con El Pájaro Azul, con La Bella y la Bestia y La Bella de los Cabellos de Oro, con El Pequeño Sastre y Los Músicos de Bremen.
Como todas las bellas muchachas del mundo, mi madre también tenía los más hermosos ojos, de un azul completamente azul y completamente alegre. A veces enrojecía, o mejor, se volvía enteramente rosa, y era como las reinas que se pintan en los cuadros, y hasta el día de hoy yo la veo nítidamente, como en un film, con un ramo de violetas en el pecho, un pájaro en el sombrero, una violeta modelando su rostro y su sonrisa siempre joven. Pero era mucho más real que una actriz, todo lo que hacía era verdadero y jamás desempeñaba papel alguno. Mi madre era una estrella de la vida.
Cuando por la calle, en el mercado o no importa dónde, le decían que era hermosa, enrojecía, un poco turbada, y después estallaba en risas: «Es la risa loca», decía, «la tenía ya desde pequeña y no termina nunca. Es más fuerte que yo, más fuerte que las lágrimas que jamás vertí.» Y habiéndome cogido, a mi turno, la risa loca, ella agregaba: «¿Ves? Es contagiosa. Hay algunos que contraen el frío, otros, la alegría...»

Traducción de Cristina Peri Rossi para Lumen. Infancia. Recuerdos de 1906.


Jacques Prevert, Francia. 1900-1977. 

Premio Liebster: Una cadena de buenos blogs




Este blog ha recibido el premio Liebster Blog, que tiene como objetivo difundir páginas con no cuentan con más de 200 seguidores. 
Debo agradecer a Griselda García por destacar a este blog entre los miles que existen.

El galardón requiere a su vez, la elección de cinco páginas que tengan menos de 200 seguidores y estas son mis elegidas, vecinos de la latitud en la que habito:
Es un blog sobre literatura y otras artes, dirigido por el poeta Alejo González Prandi, con una mirada periodística y buenas entrevistas.
Blog de la poeta y docente argentina Marisa Negri. Poesía y fotos, y un diario de bitácora sobre la construcción de un sueño, paso a paso.
El blog de la poeta bielorrusa Natalia Litvinova y sus textos que son piedras preciosas.
Nuevo blog que pertenece al Festival de Poesía en la Escuela, realizado en Argentina. Una selección de poesía hecha por poetas. Actualizado por Pía Paganelli.
Blog de poesía, literatura, traducciones y pensamiento, de la poeta argentina Mercedes Araujo.

Las reglas del Liebster son:

1. Copiar y pegar el premio en el blog y enlazarlo al blogger que te lo otorgó.
2. Señalar tus cinco blogs preferidos con menos de 200 seguidores y escribir comentarios en sus blogs para que conozcan que han recibido el premio,
3. Y, por último, esperar a que esas bitácoras continúen con la cadena y elijan a sus 5 blogs preferidos. 

martes, 15 de mayo de 2012

Niñas victorianas, por Cécile Decorniquet









Con sus series Ingénues y Ladies, Decorniquet plantea la infancia a través de una colección de retratos de niñas, seres entre angélicos y grotescos, caracterizadas como ostentosas damas victorianas, que funcionan en referencia al universo literario de Lewis Carroll y su Alicia en el país de las maravillas. Su sitio web


Cécile Decorniquet. Francia.

sábado, 12 de mayo de 2012

"La infancia es domesticar", por Marguerite Duras

Marguerite y su  madre
Fragmentos de la entrevista realizada para el programa Apostrophes de Bernard Pivot.

"Cuando veo niños felices, relajados, encantadores, pienso que han soslayado algo... Algo natural tal vez... un juego... un juego de la ley, de la ley de la especie. Los padres siempre dicen: 'ya verás más tarde'; 'ya lo harás más tarde'... ¿Por qué? La infancia es domesticar. Es domar. Yo he vivido así. Sólo que tuve ese paraíso: una madre a la vez desdicha, amor, injusticia y horror...

- Y si hubiera tenido otra madre. Una madre rica ¿hubiera sido escritora?

- Quiere mi opinión. Sí. Hubiera escrito de todas formas. Seguro. Era más fuerte que mi madre. Lo único más fuerte que ella.

- ¿Usted se avergonzó de su madre?

- Sí. Es que había motivos. Iba vestida de cualquier manera. Nunca la vi con zapatos decentes. Siempre con zapatos rotos y medias de algodón. Todos los hijos se avergüenzan de una madre mal vestida, mal peinada.

A la hora de la siesta nos escapábamos con el hermano menor. Íbamos a la montaña, siempre a Siam. Y a veces oíamos al tigre, en la desembocadura del Rach, matábamos cocodrilos... Bueno, él. Y había panteras negras. Era una infancia diferente. Pero lo hubiera seguido al fin del mundo... Lo seguía por todas partes, en la selva, por el pueblo, subíamos a la montaña, no tengo ninguna foto..."






Marguerite Duras. Vietnam/Francia, 1914-1995.