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| Pierre, Jacques y Jean junto a su madre Suzanne, Luxemburgo 1908 |
A veces, en el Bois, un ciervo cruzaba un sendero. Por todas partes había gente comiendo, bebiendo, tomando café. Un borracho se paseaba gritando: «¡Deprisa! Comed sobre la hierba. ¡Un día de éstos, la hierba comerá sobre vosotros!»
El tranvía de Val d'Or, a todo vapor, silbaba a lo largo de los árboles, como los trenes en la historias de Indias. El día no había acabado aún, pero ya la Porte Maillot llameaba, celebrando la fiesta del crepúsculo.
Había ciclistas y muchísimas bicicletas, por todos lados bicicletas, más bicicletas y coches con caballos.
Olía a caucho, y Bibendum reinaba ya en el Salón del Automóvil. En el café Sports, los camareros, corriendo, colocaban dos pajas doradas en la granadina de los niños.
Olía a pernod, a estiércol de pájaros. Los árboles sonreían y se agitaban; nada aún los amenazaba, en efecto.
Había gente tocando música, cantando, festejando, bromeando, y otros que, en voz baja, se afanaban junto a los mostradores. Estaban bajo el hechizo de la fiesta, y se diría que sus ofensas, sus tristes desgracias, las cantaban, las gorjeaban, sin darse cuenta. Pasaban mendigos, vendedores de olivas, músicos ambulantes, y un pobre viejo armaba y colocaba sobre las mesas juguetes mecánicos.
(...) Neuilly, para mí, era la fiesta, y una vez terminada ésta, la gran avenida era un verdadero desierto, salvo cuando la gente del mercado, con sus zancos de madera, instalaba las tiendas como la gente del circo.
Pero había otras fiestas, en la puerta Maillot. Un día era Marruecos en París, un pueblo con indígenas de ojos brillantes, artesanos, joyeros, encantadores de serpientes, una madre dromedaria con sus pequeños, y niños negros que se sumergían en una fuente para buscar reales.
Otro día, un pueblo de enanos con casas de enanos, una escuela de enanos y una pequeña iglesia de enanos. O el looping the loop: la gente montaba en un vagón que descendía velozmente, giraba al revés en una rueda, disminuía la velocidad, se detenía y dejaba salir a los viajeros que gritaban.
Y después Printania, un gran café concierto al aire libre. Allí se bebía aguardiente con cervezas, y, cuando la noche era hermosa, el techo del teatro desaparecía, las estrellas también podían mirar el espectáculo.
Había payasos, vestidos de pasteleros, que jugaban con toda la tienda, cantantes solas sobre el escenario, frente a los espectadores que, bebiendo de sus vasos, las acompañaban cantando a coro.
(...) En un pequeño ferrocarril solíamos ir,
también, al Jardín de Aclimatación. Las fieras estaban encerradas detrás de las
rejas y no tenían un aspecto muy feliz, pero disfrutaban de un poco más de
lugar que los de la Ménagerie Pezon.
Yo montaba sobre el elefante, daba una
vuelta, esto no parecía molestarle demasiado, aunque fuéramos varios, no
pesábamos mucho. Pero lo que me gustaba por encima de todo
eran los invernaderos. Allí se estaba bien, como bajo el agua de tormenta, era
inmenso, completamente de vidrio, con un olor a selva virgen, como en los
libros de viajes.
Las plantas eran grandes como árboles y sobre
el agua flotaban los nenúfares, grandes como pequeñas embarcaciones. En los
invernaderos reinaba siempre el silencio, aun cuando estuvieran llenos de
gente. Delante de los animales, la gente hablaba muy
fuerte, especialmente delante de los monos. Pero delante de las plantas se
callaban, como en las iglesias, y era en voz baja que leían los nombres
escritos en latín, en pequeños carteles. Todo era verde, incluso el calor, y la
gente no estaba acostumbrada a eso.
Tanto si brillaba el sol como si caían las hojas, o la nieve, mi madre nos
llevaba al Bois. A mí me gustaba mucho el Bois, pero prefería
las orillas del Sena, donde mi padre a veces me llevaba.
(...) Mi hermano era el primogénito -dos años mayor
que yo-, bien parecido, serio, y ya iba a la escuela. Sabía leer y escribir. Yo
no tenía deseos de aprender esas cosas. Yo lo quería porque era mi hermano. No
reíamos nunca por los mismos motivos, o quizá nunca al mismo tiempo.
Fue mi madre quien me enseñó a leer, porque
era necesario pasar por ello. Lo hizo con un alfabeto, naturalmente, pero
especialmente con El Pájaro Azul, con La Bella y la Bestia y La Bella de los
Cabellos de Oro, con El Pequeño Sastre y Los Músicos de Bremen.
Como todas las bellas muchachas del mundo, mi
madre también tenía los más hermosos ojos, de un azul completamente azul y
completamente alegre. A veces enrojecía, o mejor, se volvía enteramente rosa, y
era como las reinas que se pintan en los cuadros, y hasta el día de hoy yo la
veo nítidamente, como en un film, con un ramo de violetas en el pecho, un
pájaro en el sombrero, una violeta modelando su rostro y su sonrisa siempre
joven. Pero era mucho más real que una actriz, todo lo que hacía era verdadero
y jamás desempeñaba papel alguno. Mi madre era una estrella de la vida.
Cuando por la calle, en el mercado o no
importa dónde, le decían que era hermosa, enrojecía, un poco turbada, y después
estallaba en risas: «Es la risa loca», decía, «la tenía ya desde pequeña y no
termina nunca. Es más fuerte que yo, más fuerte que las lágrimas que jamás
vertí.» Y habiéndome cogido, a mi turno, la risa loca, ella agregaba: «¿Ves? Es
contagiosa. Hay algunos que contraen el frío, otros, la alegría...»
Traducción de Cristina Peri Rossi
para Lumen. Infancia. Recuerdos de 1906.
Jacques Prevert, Francia. 1900-1977.